
“Más experiencia, Menos exigencia”... Hemos vampirizado la historia, bajo una ideología totalitaria. Fuimos criadas desde niñas para lograr lo que sea. Con ese nivel de seguridad, capaz de hablar con franqueza y tomar acciones en todos los ámbitos de la vida. Hoy nos sumergimos en esa inspiración religiosamente devota por mantener el éxito y no aflojar frente a los síntomas de presión social.
Personalmente conozco mis necesidades y siento que los niveles de baja autoestima florecen en sociedades competitivas y en cierto modo, despiadadas, donde las conductas solidarias entre nosotras mismas, son escasas.
Hoy, con una pizca de glamorosa confianza que no desentona para nada con el tono irónico, lúdico, sarcástico que fusiona nuevas historias sobre los diversos grados de autoestima en Latinoamérica, podemos afirmar que todos los complejos fueron superados, porque ya no necesitamos la estatura de las europeas, ni el incoherente concepto de belleza que se expresa en tenebrosas curvas quirúrgicas y que sólo sirven para distraer la neurona masculina.
Los tiempos han cambiado y la oportunidad de poseer una carrera profesional, con éxito y metas por cumplir, fortalece nuestras potencialidades y debilidades, centrándonos en nuevos desafíos que implica sentirnos adictas a nosotras mismas.
Si es necesario acudir a un corregidor de armamento corporal, ¡lo hacemos!, sin olvidar “Nos vemos mejor, siendo menos vulgares”. Hoy utilizamos nuestras estilizadas armas físicas para caminar bien erguidas sobre los tacones que nos llevan a negociar nuevos contratos de trabajo y que representan éxitos futuros.
Ya nos olvidamos del príncipe salvador y de que si para alguien no cumplimos sus cánones de belleza, nos lanzamos al abismo, como lo hacían las princesitas. Hoy, todo cambió y el autoestima se elevó tan alto, que al ser dueñas de un admirable respaldo profesional nos independizamos personal, social y por qué no decirlo también ¡sentimentalmente hablando!
Cada día la invitación a nuestro espejo nos hace volar con aires de libertad, nos consideramos impresamente animalescas y tejidas en sensuales historias devotas de instintos fugaces, desnudando almas, deseos y perdiendo el miedo a prometer amor eterno. Soñamos como divas y no nos atamos a nada, ni nadie.
Creemos en nosotras, en el único camino para vencer cualquier obstáculo. La experiencia reina en el poco consistente mundo de las exigencias y ya no tenemos miedo a comunicarlo asertivamente hacia quienes nos rodean. Tenemos el control sobre nuestros sentimientos y opiniones. Perdimos el temor a invertir tiempo en nosotras mismas y alcanzar nuestros máximos grados de bienestar y más temprano que tarde, nos percatamos que nuestra autoimagen ha sido compañera de las esponjosas nubes que corren en el cielo.
En la vida moderna ya no nos escapamos de la persecución de ciertas bestialidades en contra de la mujer, sino que las enfrentamos y nos reímos de ellas. No hay mayor seguridad que el cúmulo en capacidades intelectuales y laborales.
Esa seguridad que se globaliza en la entrega a nuestro cuerpo, nuestros deseos y metas. Alejadas del sexismo feroz y el terrorismo contra nuestra apariencia física, intelectual y espiritual... hoy podemos afirmar que nos sentimos eternamente bellas, sin exigencias y vampiras de la experiencia.