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El cuento absurdo de la media naranja

Julie Alexanderh » 10/08/2010

Hace poco estaba viendo una película romántica, de esas cuya trama, a pesar de basarse en una novela, posee una estructura temática que parece comprada en una tienda de cursilerías de saldo...claro, si en las tiendas de cursilerías se vendieran este tipo de cosas.

Quitando los detalles, la trama básica se limita a lo siguiente: en la película tenemos a una joven bonita, enamorada de otro joven también bonito, viviendo un gran e imposible amor (lo de imposible parece ser lo que fundamenta la obsesión del uno por el otro). Cuando las circunstancias (¡Oh! ¡Destino cruel!) los orillan a separarse, la joven bonita se lanza al precipicio ignoto de la desesperación y una depresión asesina amenaza con llevarla a finalizar su vida, pues todo lo era él para ella, su complemento vital, su mitad, y si no están juntos los dos no son nada (a su vez, el muchacho también sufre la misma locura de amor al grado de la anorexia)...Ya hacia el desenlace las cosas se resuelven, y a diferencia de las tragedias griegas, el destino se conmueve ante un amor casi de mito y vuelven a estar juntos. Típico ¿no? Esto es un recurso viejo y en extremo gastado.

Y me quedé reflexionando a cerca de mi propia experiencia, recordando las ocasiones (afortunadamente escasas) en que he perdido el corazón (y la cabeza, el buen juicio, el salario, mi tiempo, y demás) por un hombre, no tan bonito como el de la película (y que NO me correspondía igual) pero que para mí en ese entonces, turbada mi mente por el encantamiento del amor, me resultaba el héroe más gallardo, aquél sin el que no podría vivir, el complemento que me daba la fuerza para seguir.

La pregunta que me hago es muy simple ¿por qué nos rendimos de ese modo cuando nos enamoramos? Porque en sí no nos rendimos a esa persona, nos rendimos a un sentimiento, nos rendimos ante el convencimiento de que NECESITAMOS de ese alguien a nuestro lado para respirar y existir. En una época en que las mujeres son independientes e intelectualmente capaces de alcanzar sus metas, aún late una vena en nuestra psiquis que nos lleva a sentirnos arrobadas ante un trato dulce, ante una mirada seductora, ante la personificación de un ideal que llevamos oculto en el baúl de nuestros anhelos, y a pesar de mostrar un estado de alegre comodidad ante nuestra soledad, o simple falta de una pareja, frente al espejo no podemos disfrazar la sensación de carencia que experimentamos.

Al tener a alguien a nuestro lado, una luz intensa nos alumbra (y nos deslumbra); la pasión por esa persona se convierte en el mástil al que nos aferramos durante la tormenta. Y entre la red que van tejiendo nuestras fantasías, los medios nos venden la idea del gran amor, del deseo de hallar a la mitad que nos complementa.

Claro que con la edad, todo puede verse desde otra perspectiva, y esa sentimental vulnerabilidad parece vacunada ante una nueva locura de amor, pues es más sencillo profundizar en las lecciones obtenidas y aprender de la experiencia ajena, y ya no nos sentimos paralíticas al faltarnos esa persona. Sin embargo, tuvimos que padecer esa locura, para crecer y al fin quitarnos el velo de los ojos...

Y si desde nuestra tierna juventud hubiéramos aprendido a sentirnos COMPLETOS, a sentir la locura del amor en su aspecto benigno, pudiendo vivir la ausencia, sin sufrirla.

Yo creo que ningún individuo debe partir de su propia carencia al emprender una búsqueda o al elegir estar con alguien. Todos nacemos enteros, capaces y únicos. Y es una falacia desear una mitad con su respectivo faltante, pretendiendo ser la pieza que encaje en el engrane. No nos convirtamos en la prótesis del otro, ni hagamos de ese otro nuestra muleta para echar a andar... mejor visualicemos nuestra propia totalidad, que así buscaremos nuestro igual, el que será nuestro reflejo, nuestro sinónimo, no un derivado, ni un sufijo, sino un ser tan entero y completo que a su vez desee caminar en la misma dirección a nuestro lado.
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