Conocen el protocolo y, también, las claves del buen gusto. O deberían. Los príncipes, princesas, reyes y reinas de todo el mundo han contado con la ocasión perfecta para demostrarlo con motivo de la reciente boda de los Príncipes de Mónaco, Alberto II y Charlene Wittstock.
El horario diurno en que se ha celebrado la ceremonia religiosa marcaba un patrón clave a la hora de elegir el vestuario que los representantes de las Casas Reales debían mostrar. Por ello, todos los componentes de la realeza presentes en el enlace sabían a la perfección cómo dar una lección de sobriedad, elegancia y distinción... ¡y la dieron!
Al margen de preferencias y gustos, hemos de decir, en honor a la verdad, que sí nos dieron una clase magistral del look que se debe seguir en este tipo de celebraciones. Ellos, príncipes, reyes y herederos reales acudieron con frac, por lo que su aspecto apenas ha sido sometido a examen, ya que este tipo de traje no permite demasiadas licencias: únicamente la libertad de elección de un chaleco más o menos divertido o atrevido o una corbata más o menos llamativa.
En el caso de ellas, reinas, princesas y herederas reales es diferente. Aunque la celebración diurna recomienda, por protocolo, optar por un vestido cóctel, es decir, de un largo a la altura de la rodilla, la verdad es que permite total libertad a la hora de elegir cuál es el estilo del vestido perfecto. Poco se han arriesgado las componentes de las Casas Reales que, sin extravagancias ni modelos comprometidos, han optado por trajes elegantes en los que ha predominado la sencillez por encima de todo. Hemos visto muy pocos estampados y sí demasiados vestidos en negro y en blanco, dos colores muy pocos recomendables para este tipo de ceremonias. El primero porque no es adecuado para un evento diurno. El segundo porque, tradicionalmente, resta protagonismo a la novia.