Volver a verlo, ¡y con otra!
Isabella Corleone » 08/04/2009

Son las dos de la tarde del día jueves. Aquí estoy todavía con Rodrigo y Catalina esperando que termine la conferencia de las “100 horas de astrología” y por fin tener una cuña del expositor.
Mi celular suena cada diez minutos: Felipe, mi compañero y amigo de clase me está esperando en la universidad para hacer un trabajo. Por otro lado mi hermana me espera en su facultad para ir de compras. Estoy cansada, ya me había comprometido con ella para ir, pero también debía ser responsable y responder a mis obligaciones.
A las tres de la tarde por fin tenemos lo que necesitamos y estamos listos para irnos.
El sol es insoportable, corre viento caliente. Mis manos sudan y el color de mi cara da cuenta del calor que siento. Los pasos hacia el auto se hacen eternos y la suela de mis zapatos traspasa a mis pies el ardor del cemento.
Abro la puerta, me siento y de inmediato una ola de calor inunda mi cuerpo. Bajo el vidrio, parte el auto, Rodrigo prende el aire acondicionado y ya no siento calor.
Suena mi celular, es mi hermana:
-¿Dónde estás?
Yo: ya voy en camino
-¿Vamos a ir?
Yo: sí, espérame. Te paso a buscar.
No pude decirle que no. Pensé inmediatamente en qué le diría a Felipe y decidí decirle la verdad.
Llegué a la universidad, ahí está él. Sé que me entenderá. Así lo hizo.
Salgo a buscar a mi hermana, mientras camino bajo los árboles para esconderme del sol veo que a unos 15 metros viene ella.
Nos vamos. Recorremos todas las tiendas y no encontramos nada, es una avance de temporada y la ropa es demasiado gruesa, con el calor que hace no dan ganas siquiera de mirar un chaleco de lana.
Ya cansadas y con mucha hambre decidimos ir a visitar a nuestro padre que trabaja a sólo unas cuadras del lugar. Yo la verdad no tenía muchas ganas de ir, porque en la misma oficina trabaja mi ex de cuatro años. Y no por tenerle sentimientos, sino porque no me sentía cómoda conmigo misma (y todas sabemos que para ver a un ex, tenemos que estar bien lindas).
De igual forma fuimos, entramos y para llegar a la oficina de mi papá hay que pasar por la de él. Caminé lo más normal posible, creo que no estaba. Entramos y nos sentamos, mi corazón latía a mil por hora y mi estómago no podía estar más apretado. Traté de disimular, creo que lo logré.
Estuvimos veinte minutos y decidimos marchar los tres juntos. Cuando salimos de la oficina ¡horror! ¡Allí estaba esperando el ascensor y con su nueva polola! Lo primero que atiné a hacer fue mirar y conversarle a mi hermana. Él no supo qué hacer, su cara se desfiguró cuando me vió, lo conozco y sé que algo le ocurrió. Ella al verme, se dio la vuelta y lo quedó mirando. Nunca la había visto en persona, pero reafirmo todo lo que vi por fotos: maciza, pelo corto y cara de vieja.
Junto a ellos estaba Carlos, el jefe de mi padre, quien por supuesto no tenía idea de la situación.
Se abre el ascensor, todos se suben, y mi hermana para ayudarme a salir de la incomodidad advierte que va muy lleno. Sin embargo, Carlos nos grita que sí cabemos todos y tuvimos que subirnos. Cuando entramos, el ambiente se podía cortar con un cuchillo. No podía ser tan rota y no saludarlo, me dí la vuelta, y él primero que yo, me dice: “Hola Naty”, de inmediato noto su rostro. Tenía un tono verdoso y blanquecino con unas ojeras como si no hubiese dormido en días. Esa es su cara de impactado, descolocado y nervioso, lo sé. Le digo hola y me doy la vuelta, las ganas de vomitar se apoderaron de mi y, los cinco pisos que debíamos bajar se hicieron eternos. Por fin las puertas se abrieron, mi padre, mi hermana y yo salimos raudos sin mirar hacia atrás.
Lo que quedó de día traté de no tocar el tema, pero yo sabía que ellos se incomodaron al igual que yo y sabían que en cierto grado esto me había afectado. Dijimos un par de comentarios y adiós.
De aquello no hablamos más. Pero yo dentro de mí sé que algo ocurrió en ese momento. Algo que no sé explicar.
De esto puedo sacar mil y una conclusiones, sin embargo creo que entre él y yo aún queda una conexión. Una conexión que sólo los que la han tenido pueden sentir.
Como moraleja: no iré a visitar más a mi padre cuando me sienta fea.
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