Es preferible la acción a la especulación. Siempre es mejor ocuparse que preocuparse. Lo afirman los seguidores de la filosofía del "aquí y ahora" que postula que la felicidad no nos está esperando en el futuro sino en el presente.
“Las cosas no dejan de hacerse porque sean difíciles, sino que se vuelven difíciles porque no se hacen”, reza con sabiduría un viejo proverbio oriental, que convendría tener presente a cada instante.
Los tibetanos creen que hay un reino oculto en la cordillera Himalaya, donde impera la
belleza y la bondad y no hay sufrimiento. Quien tiene la suerte de llegar allí, a menudo debido al azar, debe aprovechar la oportunidad única que se le presenta y entrar en él, porque de lo contrario nunca más volverá a encontrarlo. Según cuenta la leyenda, las puertas de este mítico mundo se abren una sola vez en la vida de cada persona, y aquélla que no las atraviesa quedará fuera para siempre.
Este mito enseña que la vida no espera. Si se tiene un sueño, hay que tratar de hacerlo realidad. Hay que actuar en vez de postergar. Si no se toma la iniciativa con el primer entusiasmo, difícilmente se hará más adelante.
“Encontrar un nuevo mundo, los cambios, la felicidad, requiere no sólo valor y optimismo, sino también trabajar y actuar con inmediatez”, señala Reyes Ollero, terapeuta transpersonal y coordinadora de la Asociación Conciencia.
“Es preferible actuar y errar cien veces, de donde siempre se aprende algo, que someterse a la rutina. Hay que descartar los factores que nos inmovilizan, como dudar permanentemente, temer que se agrave la situación, resignarse o depender de las opiniones de los demás. ¡Es ahora o nunca!”, agrega el experto.
Curiosamente, y aunque parezca un contrasentido, uno de los principales enemigos de la acción es la anticipación mental de lo que podría llegar a suceder, la mayoría de las veces infundada. “Es una actitud que a menudo nos conduce a la postergación y, finalmente, a la parálisis y a no hacer ni resolver nada, porque, cuando nos situamos en un escenario futuro, pueden surgir una serie de miedos sin fundamento e irracionales, y preferimos permanecer en la inacción para no enfrentarlos”, dice Ollero.
“La anticipación de determinados riesgos y peligros, nos protege y ayuda a sobrevivir, porque permite prepararnos lo mejor posible para afrontar las amenazas y activar nuestro
cuerpo para responder ante una situación que compromete su seguridad”, señala la psicoterapeuta.
ACTUAR, ACTUAR
No obstante, cuando las desgracias que anticipa nuestra mente no se asientan en la realidad y son abstractas, exageradas o de origen desconocido, nos paralizan y limitan el disfrute de la existencia. Suelen ser memorias fotocopiadas del dolor pasado que se proyectan al futuro.
“Hay personas cuyas mentes acostumbran crearse tensión e incertidumbre acerca de lo que pueda llegar. La continua anticipación negativa de acontecimientos dolorosos les genera un sufrimiento en el presente por lo que puede suceder en el futuro. Es un hábito mental que les quita energía y mortifica, les contrae emocionalmente y que no sirve para nada”, señala Ollero.
Según el psicoterapeuta, “esta ideación tóxica puede corregirse permaneciendo atentos a nuestra corriente de pensamiento para detener a tiempo las cadenas de ideas negativas y anticipaciones de adversidades que comienzan a intoxicarnos, quitarnos vitalidad, hacernos replegar en nosotros mismos”.
También es útil preguntarnos de qué tenemos miedo. Si lo que pueda suceder tiene solución, ya se la daremos cuando llegue el momento. Por el contrario, hay que volver al momento presente, en vez de ocupar la mente con ideas que no concluyen ni resuelven nada, con especulaciones, conjeturas o suposiciones que se repiten y te introducen en un círculo vicioso en el cual damos vueltas sin avanzar y seguimos en el mismo sitio. “Estoy aquí y vivo ahora”, es una poderosísima frase que tiene una potente influencia espiritual cuando se recita, señala Ollero.
Según esta experta, hay un lugar sereno, donde desaparecen los problemas mentales y emocionales: el preciso instante que vivimos, el único momento en que transcurre la vida.
“Si actuamos centrándonos en la conciencia del presente, nuestro desasosiego desaparece. Cuando enfocamos la atención en la vida diaria, en todo lugar y actividad -desde conducir en medio de un tráfico endiablado hasta fregar los platos en la
cocina o mantener una reunión de trabajo- nos ponemos en contacto con la alegría de vivir y la paz interior”, señala.
De ese modo, nuestra mente deja de viajar al pasado y el futuro. Nos ocupamos sanamente de resolver nuestros asuntos, en vez de preocuparnos enfermizamente por ellos.