Una historia real... Mi primera vez fue un amor de verano

Porque los amores de verano nunca se olvidan, y pueden convertirse en un relato erótico que incremente tus ganas de vivirlo con toda intensidad. Te acercamos a una historia real y te damos las claves que mantendrán vivo ese intenso y apasionado amor de verano.

   actualizado el 02/7/2020 - 0:08 9m 22s
Amores de verano - Gtres

Amores de verano, para disfrutarlos sin culpa, con pasión y a veces a escondidas. Llegan sin reglas, pero muy intensos, el morbo y el deseo sexual cobran protagonismo y nuestros sentidos se despiertan hambrientos de placer.

Los puntos de encuentro se dispersan, aunque siempre destacan las playas, cálidas en sus atardeceres y mágicas en las noches, así como terrazas, fiestas y otros lugares vacacionales.

Las edades abarcan cada vez un abanico más amplio, desde los prudentes amoríos adolescentes, los primeros besos y caricias, pasando por la efusión desenfrenada de veinteañeros, hasta los idilios más maduros que en ocasiones desencadenan en engaños.

No se salva nadie, todos sentimos insensatos ese rubor cuando nos mira alguien con deseo, especialmente en esta época del año. El sol nos favorece, la moda deja al descubierto partes de nuestro cuerpo que no solemos enseñar, estamos más bronceados, las dietas han causado algo de efecto y todo se convierte en una bomba que explota cuando además añadimos las ansias por coger las vacaciones.

Cuando uno se siente bien consigo mismo estos amoríos fluyen solos, sólo basta una mirada para sentir el calor, ni siquiera las palabras surten efecto, pero dentro de todo este juego hay que ser prudentes, saber que existen riesgos y que toda precaución es poca. ¿Aún no has tenido un amor de verano? Conoce una historia real:

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M.A. González. Verano del 92. 17 años. Mi primera vez fue un romance de verano

Actualmente tengo 35 años, estoy felizmente casada y tengo dos hijos, de tres y seis años cada uno, sin embargo no he podido dejar de pensar en aquel maravilloso verano del 92 en las playas de Cádiz. Soy de Madrid, toda mi familia lo es, y aquellas fueron nuestras primeras vacaciones en familia por el sur.

Mis padres, mi hermano Raúl y su amigo Carlos que es mi actual marido, los cinco recorriendo cada rincón de Zahara de los Atunes. Nos pasábamos el día de chiringuitos, en la piscina del hotel los días de viento y en las hamacas que un señor muy andaluz nos alquilaba a pie de orilla.

Nada más llegar al hotel, en la recepción había otra familia, extranjera, con una hija pequeña muy rubia, casi albina, y un hijo aproximadamente de mi edad que tenía los ojos muy azules. Cruzamos las miradas con rubor y mi corazón latía como si fuera a salirse. Nunca nadie me había mirado tan intensamente, quise apartar la vista, pero no pude. Los dos días siguientes transcurrieron con normalidad, Raúl y Carlos dormían en la misma habitación de la planta tercera, y yo en una contigua a la de mis padres al otro lado del pasillo. No podía dejar de pensar en ese chico, me preguntaba dónde estaría.

El jueves, la tercera noche, fuimos a cenar a una terracita, recuerdo que el atún de almadraba que me pedí estaba exquisito. Raúl y Carlos propusieron ir de copas a los pubs que sonaban escandalosos a pie de playa. Era una noche tranquila, de luna menguante y cielo claro. Mis padres se fueron al hotel.

A las pocas horas las luces de la discoteca me azotaban en los ojos, mis acompañantes llevaban varias copas y estaban insoportables porque en la cena se hartaron además de vino blanco. Estaba incómoda, me vi obligada a respirar aire fresco y entonces vi un pequeño camino, oscuro, y me fui apresurada para no hacer notar mi ausencia y ya de paso orinar escondida entre matorrales.

Vi acercarse una silueta, sentí el miedo prudente con un espasmo que se disuadió cuando comprendí que esos eran los ojos que me miraron días antes. No pronunció palabra, me volvió a mirar, me agarró con fuerza allí mismo, sentí el calor de su cuerpo junto al mío y allí en el camino de los matorrales nos quedamos absortos abrazados. De pronto me vino la lucidez, me solté y eché a correr hacia dentro. Allí estaban los dos locos, divirtiéndose, sin echarme de menos. No me encontraba bien, estaba avergonzada, y les dije que me iba al hotel.

No me gustaba lo que estaba pasando, me sentía una extraña en mi propio cuerpo y pensamiento, en cierto modo pensé que los ojos azules me vigilaban, y no estaba equivocada. A pocos metros del paseo marítimo una voz se acercaba apresurada. Era él, de nuevo. Se llamaba Paul.

Mi escaso inglés y su falta de vocabulario español no hacían que la conversación fuera fluida. Apenas intercambiamos unas palabras el deseo empezó a crecer impávido. Anduvimos hacía ninguna parte, adentrándonos en la playa.

Nos sentamos en la arena húmeda y lo último que recuerdo de ese momento son sus ojos impacientes. Tendió su mano sobre mi muslo derecho y lo acarició levemente mientras remangaba indeciso mi vestido. En el silencio sólo se escuchaba su respiración agitada.

De buenas a primeras me vi casi desnuda con sus labios en mi cuello. Me gustaba agarrar su pelo rubio despeinándole y oler su miedo y nerviosismo. Ese momento no me lo podrá robar nadie porque lo llevo conmigo cada día que me levanto. Me cogió en brazos y me llevo hasta la orilla. Allí de pie le desabroché la camisa, le besé e inocente mordí su cuello mientras mis manos torpes bajaban el cierre de sus pantalones. El rompeolas nos salpicaba y el contraste de ese frío con el calor de mi cuerpo me producía aún más placer.

Sentí miedo nuevamente y me mantuve con fervor allí apoyada en su pecho hasta que él, ansioso por volver a besarme, acarició mis labios temblorosos y los mordió con dulzura.

Lo demás resulta complicado describirlo porque no concuerda la intensidad con la que viví aquello con los pocos minutos que duró, sólo recuerdo escenas salteadas que están en mi mente como fotografías. Me recosté sobre mis codos, bocarriba, con la cabeza alta y las piernas entreabiertas. Aún siento aquel primer roce con su sexo, y el dolor punzante que me produjo la penetración. Estaba dentro de mí, delicado, ya sólo recuerdo como mi cabeza desfallecía hacia atrás y el dolor desaparecía en cuestión de segundos. A partir de ese momento la pasión se enfureció y mi cuerpo se contoneaba al son del suyo extasiado de un placer que nunca antes había conocido, ajena a las posibles miradas de otros que recorrían la playa en busca de lo mismo y a las consecuencias que después pensé por no haber tomado precauciones. Fue mi primera vez.

No le volví a ver, ni al día siguiente, ni al otro, ni al irnos. Le buscaba por todas partes. Se convirtió en obsesión. Se fue. No pudimos despedirnos. Sólo sé que se llamaba Paul.

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Las claves de un amor de verano duradero

Como en nuestra historia real, todos hemos experimentado, alguna vez en la vida, la intensidad de un amor de verano, sin embargo, son pocos los que saben hacerlo perdurar en el tiempo; los que son capaces de pasar de la etapa fogosa y convertirlo en una relación más seria, de las que no se rompen cuando finalizan las vacaciones.

“No deberíamos nunca desaprovechar la oportunidad para que una relación tan intensa se consolide, si realmente merece la pena”, comenta la psicóloga de pareja Mila Cahue. El amor de verano no tiene porqué ser algo pasajero o llegar a ser una mala y tormentosa experiencia, como para muchos. Los amores de verano pueden llegar a ser muy intensos, y depende de cada uno de nosotros el tratarlo con cuidado para encontrar el equilibrio que necesitamos para saber conservarlo después”, añade la doctora Cahue.

La experta nos ofrece un decálogo con consejos sencillos para ayudar a que podamos mantener vivo el amor de verano y hacer que perdure en el tiempo:

1. Ajuste de horarios

Es un error pretender seguir viéndose la misma cantidad de tiempo que durante las vacaciones, pues es prácticamente imposible. Establece horarios y salidas juntos, sin perder el contacto por e-mail, telefónico…

2. Ajustar actividades

Al volver a los lugares de residencia habitual, el tiempo se ocupa de manera distinta. Tendréis que respetar el espacio y actividades de cada uno, es la única forma de que la nueva relación no agobie ni sature, tentando a abandonarla.

3. Ajustar expectativas

Los primeros meses de toda relación, sean vacaciones, verano o invierno, no son "La relación", ni la persona que creemos. Lo "real" empieza ahora.

4. Sorprenderse con el nuevo aspecto

Durante las vacaciones no tenemos el mismo look que durante nuestra vida habitual, sin embargo puede ser incluso más atractivo, tenlo en cuenta.

5. Introducir los cambios de uno en uno

Las nuevas actividades, la nueva gente, las nuevas facetas de la personalidad que hay que conocer, mejor que se puedan digerir e integrar, poco a poco, las prisas no son buenas para nada, y en una relación hay que ir paso a paso.

6. Encontrar el equilibro entre "su vida", "tu vida" y los momentos en soledad

Compartir y poner en la balanza cuánto tiempo dedica cada uno a "sus cosas" e intentar equilibrarlo.

7. Si se habita en ciudades distintas, mantener un contacto regular

Con frecuencia los amores de verano no comparten ciudad, pero con las nuevas tecnologías incluso se pueden organizar cenas románticas, ver películas juntos, etc.

8. Ocuparse de los asuntos propios

El otro no tiene ahora tanto tiempo para dedicarnos, así que es mejor estar bien ocupado el resto de los momentos que estemos sin la otra persona.

9. Mantener a raya las ideas irracionales

Los cambios no significan que "me quiera menos" o que "me vaya a dejar", aleja esas ideas de tu cabeza, hay que ver y asumir los cambios como algo natural y lo que toca en esta etapa.

10. Conservar el mismo sentido del humor y estado de ánimo

No hay nada más terrorífico que el Dr. Jekyll se convierta en Mr. Hyde, sigue siendo tú misma, con tus meteduras de pata, tu espontaneidad y tu frescura, que fueron las que le conquistaron, no trates jamás de ser quien no eres.

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